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Triste adiós para el Caifán Mayor .

“Te extrañaré, en un eterno rezo

Te extrañaré, como canción de cuna”[1]


No me queda de otra más que aceptar que la huesuda esta hambrienta, que está clamando por vidas, como si intentara borrar nuestras memorias por medio de nuestra extinción. El miedo que tenemos por la muerte se hace presente, y este mundo globalizado y en cuarentena se me hace inmenso, en donde la distancia me separa de los míos, en donde la impotencia de ser y no estar es agobiante, y quema, y desgarra y confunde.


Precisamente el 30 de abril de 2020 fue el día que la huesuda le dio el beso final al Caifán Mayor y como diría bien aquella canción cantada a capela, “el pájaro está muriendo y Óscar está en la otra vida”[2]. Por primera vez en muchos años celebré el día del niño y tomé unos minutos para recordarme en mi infancia; pero por ahí de la media noche en Inglaterra me enteré de su partida, la partida de aquel personaje que desde pequeño se encargó de la banda sonora de mi familia.


La música tiene gran significado para mí, y los conciertos siempre los considero experiencias mágicas, momentos en donde uno puede vibrar y ser. Mi memoria esta nublada, pero recuerdo que, de muy pequeño, fui a uno de sus conciertos al Auditorio Nacional, fuimos casi toda la familia: mis papás, mis hermanos, tíos y tías y mis primos. Caigo en cuenta de lo bello de aquellos tiempos de antaño, en donde aún había una familia grande, extendida y fuerte; después, tan solo se dispersó y desquebrajó. Desde esa época, ya me sabía muchas de sus canciones, pero lo que más disfruté en ese entonces, fue como se logró consolidar una armonía familiar a través de su música.


Mas tarde, me llegó la adolescencia y con ello los primeros perfumes del amor; de ese amor que enamora a los distraídos primerizos; y me hizo caer en un abismo colorido; así, en la noches bajaba de puntitas por aquel casete pirata en donde estaba el concierto de Óscar Chávez en el Teatro de la Ciudad, a esa edad no me atrevía a decir que me gustaba la música del Caifán Mayor -hubiese sido una afrenta para mi yo adolescente aceptar que me gustaba la música que escuchaban mis papás- pero ya que dormían todos, en la seguridad de mis sabanas y con audífonos puestos, me ponía a escuchar el concierto a todo volumen y con la intención de desgárrame el corazón; mis canciones favoritas eran “Lagrimas de sal”, “te extrañaré” y sin lugar a dudas “juego a jugar”[3]. Debo aclarar que, como canción final, siempre ponía “Carabali”, y ese requinto de Chamín Correa[4] siempre me devolvía la vida y el buen humor; afortunadamente nunca me paré a bailar a media noche, ¿qué habría sido de mi al ser descubierto escuchando a Óscar Chávez?


La vida trascurrió y con ello muchos conciertos en los cuales coincidimos, -claro, yo como espectador- y muchas tardes y noches familiares con su música de fondo o no, cantándolas con toda la familia, o viajes en coche a Querétaro en donde a veces venía mi tía Gloria con nosotros, y así nos pasábamos todo el viaje cantando al unísono.


Si bien los fans de hueso colorado están de lado de la familia materna, por el otro bando, la familia paterna también tiene sus historias ligadas a este canta autor, la cúspide fue el disco dedicado a las canciones de Guerrero -de donde mi abuelo Ladislao era-. En las fiestas familiares, recuerdo a mi abuelo decirle a mi papá que cantara “Camioncito Flecha Roja”, él, obediente, tomaba su guitarra y empezaba a tocar, su voz se desgarraba de sentimiento; yo no entendía bien la historia, pero intuía que era algo muy triste, tristísimo.


Justo antes de venirme a vivir a Inglaterra, tuve la oportunidad de ir a otro de sus conciertos, de nuevo fue en el Auditorio Nacional, pero esta vez tan solo fuimos mi mamá, mi papá y yo; fue mágico, nos tocó en la última fila, pero no nos importó, lo que nos interesaba era estar juntos escuchando su música.


Los tiempos cambian, y me vine a enterar de la noticia por Facebook, y mi hermana mandó la noticia por WhatsApp a mis papás; el repostear la muerte de alguien siempre me ha parecido un tanto morboso, pero en esta ocasión lo necesitaba hacer, era como dar un grito de tristeza a distancia, en donde uno sabe que por más fuerte que grite, la nada devorará hasta el más desgarrador aullido, pero aun así lo lanzamos. Al menos el pecho se libera del sentimiento que lo oprime.


Llamé a mamá y ahí estaba, sus ojos miopes y saltones estaban muy rojos, estaban empapados en lágrimas, llanto de perder a uno más de su generación, No hay palabras posibles, mi papá tan solo puso un concierto que Óscar Chávez dio en San Luis Potosí, y así, los tres escuchamos “Hasta Pronto”, como un pequeño homenaje a Óscar y sin duda ahí tuvimos nuestro propio duelo familiar a distancia.


Tan solo recordemos que, si queremos saber “la historia del hombre muerto, no la busquemos en las revistas y si en sus pensamientos”