La melancólica historia de Pátzcuaro Campos y el reencuentro con su cabeza

Lunes


Regresaba de la oficina, esa que tanto odiaba ya que en la mayor parte del tiempo me aburría, y en ese lugar, no podía irme a la cama a pensar, o irme a tan solo contemplar un árbol o una nube, o irme a hacer aquello que me gustaba tanto.


Cerré la puerta, me quité unos zapatos húmedos de sudor y con curiosidad aspire ese amargo y fuerte olor de pie encerrado, de pie caminado, de humano activo; y al voltear, la vi ahí, tirada, justo entre la sala y el comedor.


Era mi propia cabeza, se me hizo raro, me pregunté: ¿Qué es lo que hace ahí tirada de manera tan pulcra? He de confesar que segundos más tarde comencé a espantarme.


El susto no duró mucho tiempo, estaba cansado de la jornada laboral, de las juntas en donde planeábamos lo que nunca hacíamos y que en realidad no nos interesaba hacer. También me cansaba pasar el tiempo con Maria Antonieta Coppola -o MACO como pedía que le llamáramos-, no se que me cansaba más, si el escuchar sus ocurrencias inverosímiles pero contadas con total certeza, si su voz chillona que me recordaba al sonido de un eructo cortado con la garganta o su eterno olor a garnacha que intentaba disimular con perfumes piratas de marcas caras.


Tomé una coca cola, dos pedazos de pizza fría y me fui directo a la cama. Intenté ver una de las series que tanto se comentaban en la oficina, pero terminé sobándome los huevos mientras pensaba en mi cabeza.




Martes


6:30 de la mañana y esa puta cancioncita del despertador no se callaba. Me levanté de la cama, me olí los dedos para comprobar mi teoría de que el aire también te lavaba las manos y decidí no bañarme.


Al llegar a la oficina, vi que el monitor gigante estaba libre, me emocioné y corrí a instalarme en él; si bien no me quitaba el aburrimiento del día, si me deba la sensación de que yo poseía un objeto que evidentemente nunca iba a poder comprar con mi sueldito.


Cuando ya estaba instalado y a punto de abrir mi Excel, sentí entre mi nuca y mi oreja, la mano sudada de mi jefe, su nombre era simple y ramplón; José. Era un tipo narciso que se veía a el mismo como dios, su ego era enorme, al fin de cuentas lo tenía que proteger de sus inseguridades y de su pasado tragicómico a lado de unos padres alcohólicos.


Todo el día lo pasé sentado junto a José, no tuve tiempo ni de aburrirme, tan solo comencé a hacer pronósticos de ventas, primero a un año, después a tres años, a 5 años, a diez años y al final, terminé haciendo el pronóstico de ventas hasta el año que pensé que iba a morir. Los números no eran alentadores y no sabía como lo iba a tomar José.


Al llegar a casa, ya me había olvidado por completo de mi cabeza, pero ella seguía ahí, en el mismo lugar, solo que ahora uno de sus ojos se la había cerrado y la frente estaba brillosa, evidentemente había pasado calor durante el día.


Decidí dejarla ahí tirada, a lo mejor mañana desaparecía y me dejaba tranquilo. Fui a dormir pensando en cómo iba a justificar los números de las ventas de los próximos 42 años. Esa noche tuve pesadillas.




Miércoles


Por lo general, los miércoles hacia home office y ese miércoles no fue la excepción. La noche anterior había dejado la mantequilla fuera del refrigerador, pero no me importó y me hice un bolillo con mantequilla y azúcar, mis manos quedaron batidas; aun así, sin lavarme las manos me preparé un café. Siempre me lo servía en un pocillo de barro y no sé por qué, pero me senté mirando a la pared blanca que estaba entre el comedor y la sala.


Olía el café e intentaba sin éxito darle aunque sea pequeños sorbos, pero aun estaba muy caliente. Decidí lamerme la mano, imaginaba que aseaba mi cuerpo como lo hacen los gatos, sabía rica la mantequilla combinada con el sabor de mi piel; de vez en cuando, me tenía que sacar de la boca un bello que por nostalgia había decidido soltarse de dorso mi mano para así intentar llegar a mis entrañas.


Sabía que estaba ahí, inmóvil e inservible. Tomé valor y la contemplé.


- ¿Qué me quieres decir? ¿Por qué vergas estas ahí tirada?

- Desaparécete. Esfúmate. Vete a la chingada, hija de la gran puta.

- No, no te quiero. No me sirves. Me estorbas.

- Déjame, déjame, déjame. Así es como quiero vivir.


Al terminar de gritarle, estaba bañado en lágrimas y desesperado. Por más que le rogaba, ella no desaparecía. Estaba ahí, quieta. Recordándome lo que alguna vez quise ser. Recordándome lo que ya no era.


Le di un trago a mi café


- Puta madre, está frio.




Jueves


Estaba a punto de cerrar la puerta para irme a la oficina, pero decidí regresar a ver mi cabeza.


Me puse de rodillas y la observé de cerca, detenidamente. Podía ver sus detalles, los poros abiertos y algunos con espinillas, las cejas un poco disparejas y algunos pelos crecidos como pastos salvajes en verano. La nariz tenia rasgos negroides y muchos bellos fuera de ella. Los ojos eran horriblemente honestos, destilaban verdad, pero también melancolía.


La toqué una primera vez con mucha cautela, después la intenté mover, pero era muy pesada, tan pasada como una loseta de granito.


Antes de que otra cosa pasara, cerré la puerta y me fui a la oficina.




Viernes


- La puta que me parió.


Me pregunté por qué vergas había aceptado salir de peda con estos cabrones de la oficina.


Como pude, bajé al baño del bar y muy discretamente me aventé un vomito corporativo; lo sostuve entre mis cachetes y de a poco lo dejé caer en el wáter, después, me lavé la boca con jabón.


Cuando regresé a la mesa, inmediatamente encendí un cigarro para disimular aún más mi aliento. Ya solo estaba la MACO y el José. Él lloraba entre sus pechos y pedía consuelo; ella se excitaba al verse poderosa y ver como sus tetas oliendo a garnachas y perfume barato, lo podían todo.


Tomé mi morral y le metí un dedo entre el cierre para comprobar que la computadora seguía ahí, o tal vez, lo hice pensando en la MACO. Tomé un taxi para que me llevara a casa.


No podía ni con mi alma, no alcancé a subir a la cama. Pero me reconocí seguro en casa. Podía dormir donde fuera.




Sábado


Me desperté entre escalofríos, sed, dolor de cabeza y nada de lo anterior. El malestar post peda era terrible y cuando me ubiqué, supe que me había quedado dormido justo enfrente de mi cabeza. Ella me había mirado toda la noche, eso, eso me dio mucha vergüenza.


- ¡Aléjate de mí!

- ¡No me hagas recordar lo que alguna vez quise ser!

- ¡Decidí perderte y olvidarte!

- ¡No te das cuenta, que necesito vivir sin ti!

- Así es más fácil, más conveniente.

- Por favor. ¡No me martirices más!

- ¡No quiero opciones!

- Lárgate! ¡Me hace daño pensar!

Ella siguió ahí, inmóvil y pesada, en eterna contemplación. Quietecita y paciente, esperaba por mí.


La abracé y mi alma se desfundó. Salieron todas mis pretensiones, mis mentiras, mis miedos; salió de mí, ese yo que no era yo.




Domingo


Recordé mi funeral que había sido justo el lunes siguiente.


Me puse mi traje negro de tres piezas, mi corbata también era negra, pero tenía un discreto detalle rojo que siempre me hacia pensar en el latir de mi corazón. Las mancuernillas habían sido un regalo de un viejo amor y mis zapatos siempre los prefería un poco apretados, para así recordarme, que estoy vivo.


Baje a ver si seguía ahí; pero ya no estaba.


Regresé a la habitación, encendí un cigarro y le di una bocanada para hallar valor. Tragué saliva, pasé mi lengua por los labios y finalmente decidí observarme al espejo.


Sonreí, y le prometí no volver a abandonarla.




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