Espejo

Camino en la obscuridad de la noche, prefiero no prender la luz del pasillo, no vaya a ser que me encuentre conmigo mismo; el suelo de madera vieja y húmeda truena a cada paso, como si le doliera; o más bien dicho, como si presagiara mi padecer.


Me detengo justo enfrente del espejo, pero aún no me atrevo a prender la luz; respiro el aire frio que se cuela por la ventana y tomo mi tiempo; sin prisa, enciendo la luz. Mis parpados de inmediato guillotinan mi mirar.


Cuando los abro de nuevo, él está ahí, enfrente de mí. El reflejo del espejo es uno de mis demonios, y yo, también soy su reflejo. Es un grotesco acto de reconocimiento familiar y generacional.


Me quedo inmóvil, pero con actitud valerosa; tan solo lo observo y lo reto. Físicamente soy muy parecido a él; la forma de la cabeza, la nariz, los ojos e incluso la calvicie; pero si miro más detenidamente y a los detalles; no, no soy el. Soy una oportunidad de evolución, soy una oportunidad para dar un paso adelante, o más bien; soy una oportunidad para hacer cualquier movimiento, pero eso sí, con total libertad.


Nos miramos fijamente; nos sabemos alcohólicos; débiles ante cualquier indicio de un delirio etílico; estamos dispuestos a conocer la muerte en vida; a padecer el dolor extremo de quien pretende olvidar lo inolvidable, de quien pretende que el sabor amargo produzca una dulzura ficticia y momentánea. Me invita un trago; yo tan solo lo miro fijamente; él me insiste; yo estoy a punto de caer en la tentación, pero no cedo; me sonríe e insiste de nuevo. Grito, grito a todo pulmón y se desvanece la imagen. Tan solo por un momento; estoy a salvo.


Parpadeo y el reflejo vuelve a aparecer; pero esta vez me ofrece su mano, me la ofrece para ayudarme, para que yo pueda cruzar una pequeña cascada; yo me convierto en niño y confío en él; no me decepciona, me protege, me enseña, me hace reír y me hace feliz. Le sonrío; y una vez más, la imagen se desvanece.


Me quedo con un nudo en la garganta y una respiración agitada; estoy confundido, lo quiero ver de nuevo, cierro los ojos, me concentro y pido con todas mis fuerzas el volverlo a ver.


Esta vez, el reflejo aparece muy difuso, en medio de una neblina producida por lagrimas vertidas por la familia; él, está muy lejos, y a la distancia lo veo conectado a un respirador, su cuerpo está completamente deteriorado y poco a poco a un ritmo sincopado se va apagando; me gustaría no reconocerlo; pero sé que es él. Coloco mis manos en el espejo y en silencio le digo lo mucho que lo quiero, le digo adiós; cierro mis ojos e imploro una plegaria eterna.






Mirror reflection*


I walk in the dark at night, preferring not to turn on the light in the hall at the risk of coming across myself; the old wet wooden floor that crackles with every step, as if hurt or, to be more precise, as if forecasting my grief.


I stop right in front of the mirror, but I still not dare to turn on the lights; I inhale the cold air that passes through the window and take my time, no rush. I switch on the lights. My eyelids immediately guillotine my stare.


When I open my eyes back, He is there, right in front of me. The reflection in the mirror is one of my demons and I am also his reflection. It is a grotesque act of familiar and generational acknowledgement.


I stand still, with a brave attitude, though; I just watch him and challenge him. Physically, I am quite alike: the shape of the head, the nose, the eyes and even the baldness, but if I look carefully into the details, no, I am not him. I am an opportunity of evolution, an occasion to step ahead or, in other terms a chance to make any movement in utmost freedom.


We stare at each other, aware of our mutual alcoholism, weak before any signal of an ethylic delirium; we are willing to know death in life, to suffer the extreme pain of those who pretend to forget the unforgettable, of those who pretend to fake that bitterness produces a momentary and fictitious sweetness. He offers me a drink. But I am just staring at him. He insists. I am about to fall for it, but I do not give in: he grins and insists again. I yell at the top of my voice and the image fades away. And just for a moment, I am safe.


I blink and the reflection comes out again, only this time he offers me his hand to help me out to go through a small cascade: I turn into a child and I trust him. He does not let me down. I close my eyes, I concentrate, and I ask with all my strength to see him back again.


This time, the reflection is not very clear, as it is in the middle of a haze produced by tears shed by the family. He is very far and, in the distance, I can see he is connected to a respirator, his body is totally deteriorated, shutting off at a syncopated rhythm. I would like not to recognise him, but I know it is him. I place my hands on the mirror and in silence I tell him how much I love him. I say goodbye, close my eyes and implore an eternal prayer.




*Text translated by Ivan Rodriguez Herrera

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