Don Gaspar

Joselito, habrá tenido unos ocho años, había estado esperando por un muy largo tiempo adentro del coche, paciente, tan solo contemplando a la gente que pasaba por la calle; él, imaginaba miles de historias, en su mayoría las adivinaba trágicas; a fin de cuentas, su espera era afuera de un hospital.


A lo lejos los vio venir, venían con un paso muy lento, conversando, y su andar dejaba ver que las cosas no andaban bien. Anastasio Morales cortésmente abrió la puerta a su señora esposa Reyna Gonzalez, ella paso su mano por el brazo de Anastasio mientras se subía al coche y una vez los dos adentro, comenzaron a informar la situación.


Joselito tan solo recuerda que a su abuelo lo habían abierto y que los doctores decidieron no hacer nada, que su cuerpo estaba totalmente infestado de cáncer y tan solo se debía esperar a que cerrara los ojos y ya nos abriera más. Le impresionó más imaginar un cuerpo abierto lleno de cáncer; - ¿Cómo se vería eso? ¿Habría mucha sangre? ¿De qué color es el cáncer? ¿Cómo lo abrieron? ¿Cuál era el olor? -, que la noticia de que su abuelo estaba a días de morir.


Cuando llegó el día, el pequeño tan solo podía recordar de su abuelo algunas pocas imágenes que eran recurrentes y casi siempre en el mismo orden...


Reyna gritando enojada a Anastasio que cada día se parecía más a su padre y que eso le era insoportable, y que solo iría a la fiesta por el bien del niño; para que tenga algún recuerdo de sus abuelos. Ya en la casa de los abuelos, Don Gaspar Morales invariablemente abría la puerta orgulloso de su collar de cempasúchil, con una guayabera meticulosamente planchada, un vaso de Bacardí blanco campechano con una rodajita de limón, la música de fondo: un son guerrerense.


Era un exprofesor normalista de ojos verdes, el cual siempre hacia alarde de su amor al conocimiento y a la lectura, de una decencia impecable pero la cual descendía proporcionalmente a las rodajas de limones en su Bacardí en turno. Cuando no había pozole, él era el encargado de preparar las tortas de jamón con frijoles, y para Joselito siempre había una especial de queso de puerco, la cual nunca comía ya que su aspecto le parecía desagradable, incluso un día llegó a preguntarse si así se vería un cuerpo contagiado de cáncer.


Cuando terminaban de comer las tortas, el abuelo ya habría llevado unos tres o cuatro bacachos y para aquello de las seis de la tarde su vaso estaba lleno de rodajas de limón, era como un amuleto de la suerte y también su manera de demostrar que, según él, era un macho alfa. En realidad, era en parte, un borrachín incorregible sin consciencia de su enfermedad. Mas tarde llegaba el chile frito, y Don Gaspar la hacía de director de una orquesta imaginaria con una batuta también imaginaria. Joselito, sabía que ese era justo el momento de irse a refugiar, de cerrar los ojos y evadirse a través de los sueños.


Ese día no lloró y aunque si experimento cierta tristeza, esta era más por ver a otra gente llorar y sufrir; a fin de cuentas, era el primer funeral al cual asistía; estaba permitido no saber que sentir.


Años más tarde se encontraba de tremenda farra con sus amigos del alma, Eurídice y Flavio. Justo en uno de sus lugares favoritos de aquel tiempo, la Polar de San Cosme; cada tres Delicados se fumaba un Marlboro mentolado, quesque para que no se le resecara la garganta; su bebida siempre era un bacacho campechano con solo una rodajita de limón y nunca dejaba que estos se acumularan -creía que, si se llegaran a acumular, sería una señal de mal agüero-, y por su puesto les fascinaba cantar; en ese preciso día de quincena hasta pidieron Mariachi.


Eurídice entonó cielo rojo: se la apropio desde aquel día que la escucho por primera vez cantada por Reyna Gonzalez. Flavio, que era porteño, se había aprendido Perdón, solo por convivir; y Joselito pidió Amor eterno, que no sabía porque, pero era su canción favorita para cantar con Mariachi.


- “Como quisiera, que tu vivieras, que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos. Amor eterno e inolvidable, pero tarde o temprano, yo voy a estar contigo para estar amándonos”


Apenas y terminó esa estrofa y fue a sentarse, desmoronado, derruido; sus ojos parecían sangrar de lo enrojecidos, sabrá Dios si por el humo del cigarro o por las lágrimas de pena.


Obligó a sus recuerdos a continuar derramando esas lágrimas de pena[1]; y justo ahí apareció en su memoria Anastasio; totalmente borracho y abrazado con sus dos hermanos; así los tres cantaban esa misma canción dedicada a aquel profesor normalista de ojos verdes. Recordaba esa escena de manera muy nítida, y aunque en aquel momento no llegó a comprender, si presintió que su padre tenía un insoportable padecimiento, y que la perdida de Don Gaspar le dolía, le dolía profundamente.


A Flavio tan solo se le ocurrió decir un -Vamos che, que todos estamos vivos- mientras Eurídice lo llevo contra sus pechos, para que estos le dieran un poco de alivio.


Cuando Joselito tuvo a su primogénito, no solo comprendió lo que era ser padre, sino que también fue consciente de su propio padre, de Anastasio como papá; y ahí; lo amo más. Y cada vez que canta esta canción lejos de casa, tiene un escalofrío; presagio de un futuro inminente.


[1] Clara referencia a la canción de Amor eterno, de Juan Gabriel.




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