Viernes por la noche.


Viernes por la noche.

Él era Gonzalo, se había mudado a la ciudad de Manchester hace algunos meses atrás, había dejado su ciudad natal para venir a estudiar un PHD; ni él sabía porque estudiaba tanto, creía que era porque no sabía hacer otra cosa, al final de cuentas se sentía confortable estando solo en su cuarto. No le gustaba -o más bien dicho, no sabía cómo- relacionarse con los demás.

Como todos los martes, pasaba a una miscelánea que le quedaba de paso en su camino de la universidad a la casa, él hacía compras para toda la semana, pero en el mejor de los casos sus compras alcanzaban hasta el viernes.

Ese día era un viernes por la noche, otros estudiantes ya se divertían, pero él se iba a pasar la noche leyendo y tomando notas. Sin embargo, comenzó a sentir un hambre infernal, abrió el refri y no encontró más que un pequeño trozo amorfo de mantequilla.

Se puso su chaqueta y sabrá Dios porqué se roció un poco de perfume que le había regalado su tía Maria justo antes de que se viniera a Manchester, hasta para él este fue un acto muy raro pero decidió ir enfrente del espejo, peinarse y sonreírse. Se tiro de a loco, nunca hacia ese tipo de cosas.

Saludo a Abdel -quien era el joven encargado de la miscelánea- y éste le ofreció un poco de cerveza para alegrarse el viernes por la noche. Gonzalo tan solo sonrió, le agradeció y le dijo que en realidad iba a regresar a su casa a estudiar.

Abdel le aventó una mirada de incredulidad.

-A poco para estudiar te peinas tanto y usas perfume fino.

Tan solo realizó un discreto movimiento de hombros, después se fue a tomar un poco de jamón, queso, pan blanco una coca cola y después de pensarlo por un par de segundos tomó unas aceitunas españolas rellenas de pimiento. Eran las mismas que tanto le gustaban a él y a su tía Maria.

Fue a la caja y en esta ocasión Abdel se encontraba riendo, charlando y podríamos decir que hasta coqueteando con aquella chica.

-Mira, te presento a Gonzo -dijo Abdel-

La chica giro la cabeza de una manera un poco torpe y descontrolada y le sonrió coquetamente.

-Él estudia mucho y hoy, un viernes por la noche, él va a regresar a casa a estudiar. ¿Lo puedes creer?

La chica volvió a voltear, sus cachetes se inflaron hasta que no pudo sostener la carcajada. Luego pregunto si eso era cierto.

Gonzalo, que era un chico tímido, tan solo encogió los hombros. No le salía palabra alguna. Lo que sentía era como se le aceleraba el corazón.

La chica pagó, tomo sus cigarros y sus cervezas, se despidió de Abdel con un beso en la mejilla, pero tronador. Se fue sin ni siquiera voltear a ver a Gonzalo.

-Mi amigo, tienes que ser más movido. Ahora entiendo por qué solo tienes citas con los

libros.

Evidentemente no le gustó la broma, así que pagó de mala gana y se fue a casa. A decir verdad, se sentía un poco avergonzado y en su mente apareció la imagen de aquella chica. Qué guapa era -pensó- y como había dejado escapar esa oportunidad.

Al llegar a la esquina, justo cuando paró para esperar a que el semáforo estuviera en verde, escucho una voz.

-Hola de nuevo. Me llamo Megan.

Volteó y la vio ahí, recargada en una jardinera, tomando una cerveza y fumando la parte final de un cigarrillo. La luz del farol la alumbraba perfectamente, dejándola ver a detalle.

Su piel era extremamente blanca, su rostro plagado de pecas, cada una de ellas perfectamente colocadas en el lugar correcto. Era muy linda, una pelirroja de huesos chonchos pero con una figura atlética, no pudo dejar de ver su escote, tan solo tragó un poco de saliva -su nerviosismo era evidente- y su ritmo cardiaco se aceleró de nuevo. Con tan solo mirar, su cuerpo reaccionaba.

-Está bien, ya deja de mirar y ven a tomar una cerveza.

Se sonrojó y se acercó tímidamente.

-Me llamo Megan

-Perdón, soy Gonzalo.

Como era su costumbre, se acercó a saludarla de beso, en otra situación esto podría tomarse como un atrevimiento de mal gusto, pero en esa situación a ella le pareció el primer acto de hombría. Cuando se acercó a ella supo por su olor que ya llevaba muchas cervezas y cigarros encima.

-Que bien hueles.

Por fin sonrió -con una sonrisa de un niño que hace gracias para que sus papás lo acepten- y dijo, es una loción que me regaló mi tía María.

Ella tan solo abrió los ojos y no supo que decir, así que le tomo las manos, lo acercó a ella y comenzó a besarlo.

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