Nostalgia por el viejo barrio


Nostalgia por el viejo barrio

Esa mañana había pasado incontables minutos enfrente del espejo, observaba cada detalle de su rostro, reflexionaba sobre sus ojos, pero sobre todo de esa mirada sin alma que tenía, no sabía desde hace cuánto era así. ¿Cómo no se había percatado de esto antes?


Empezó por mirar la raíz de su cabello, era totalmente blanca; recordó que hasta hace poco aún entablaba una batalla semanal para mantener ese negro profundo que tenía su cabello hace ya algunas décadas atrás. Se había rendido y recordaba que ese mismo día había decidido cortarse el cabello, ahora lo tenía corto y no lograba adivinarse de manera diferente.


Miró su frente, tenía tres profundos surcos y muchos otros más pequeños, sus poros eran grandes y en algunos de ellos se alcanzaba a ver algo de negrura incrustada de manera dramática.


Sus dientes estaban desgastados, pero eso sí, aún conservaba una blancura digna de cualquier anuncio moderno de pasta dental. Abrió los ojos tanto como pudo, pero no logró ver su sonrisa. También la había perdido y no sabía cuándo había sucedido esto.


De la manera más discreta posible de su lagrimal brotó una perla líquida, salada y extrañamente con una cierta viscosidad. La secó rápidamente, se volteó de manera apurada y torpe y decidió salir.


Mientras caminaba ella se sentía observada, le parecía que cada persona que pasaba frente a ella, le miraba algún detalle de su rostro. Sabía que eso no era verdad, pero no podía detener el pensar de su mente.


Esperaba el autobús número veinte y seis cuando levantó su mirada, notó el cambio de la fisonomía de su ciudad. Aquel viejo pub en donde lloró tantos desamores ahora era un edificio convertido en frías oficinas, la casa de Sofia -su mejor amiga que migró por amor a Sudamérica y que ahora era una jubilada solitaria en el sur de España- tampoco estaba ahí, la habían convertido en café, un Pret a Manger -al menos no era un Starbucks, pensó-. La miscelánea de la esquina ahora iba a ser un impresionante rascacielos, sabrá Dios cuantas construcciones ya habían sucedido en esa esquina y de las cuales ella nunca se percató.


Todo el barrio estaba plagado de gente ajena, gente que no sabía nada de la historia reciente de la comunidad que ahí solía vivir. Ahora tan solo había gente cargada de inmensurables egos haciendo nuevas y desechables amistades de manera apresurada.


Se sintió desconcertada, había perdido su mirada siempre esperanzadora, su sonrisa cautivadora y ahora se encontraba en un sitio que ya no era el suyo. Era como si aquel viejo barrio la hubiera abandonado, la hubiera dejado huérfana.


El chofer la espero unos segundos, ella al darse cuenta subió al autobús de manera apurada y torpe. Ahí fue cuando decidió saludar al chofer, sonreírle e incluso hacerle un guiño.


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