Underground Forum: Últimos atardeceres en Marte

Últimos atardeceres en Marte

Text: Matías Amoedo

Photo: Sop Rodchenvko

Dejamos el antro bañados en sangre. Mi padre tiene el labio cortado y un hilo rojo desciende desde su ceja izquierda. A mí me han partido el pómulo con una mano demasiado huesuda y grande, nudillos afilados a puras trompadas dadas por igual a matones en decadencia, borrachos necios y putas insolentes. Enredados entre mechones de pelo y sangre seca llevo pequeños trozos de botellas que, aún hoy, en medio del desierto, de vez en cuanto descubro. Ella aguarda tranquila, con las tres naves en marcha. Tiene su casco puesto y sonríe al ver nuestro estado. El jean le marca las piernas y el culo. Les dije que no se metieran, dice.

(Hace una semana que no me baño, ya me he acostumbrado a mi olor, pero no consigo acostumbrarme al olor de mi padre; el olor de ella, en cambio, con los días se va poniendo mejor, como esos guisos de carne, verduras y arroz conservados en cazuelas de arcilla; sus rulos ya son rastas).

Cruzamos la frontera a doscientos kilómetros por hora. Es verano pero a cinco mil metros la nieve igual se acumula al costado de la ruta y nuestras naves de vez en cuando tambalean, se vuelven inseguras. Mi padre avanza adelante, se sacrifica, parte el viento en dos y nosotros aprovechamos la fuerza centrífuga de su turbina. La frontera está cerrada, sin luces, los guardias de un lado y otro duermen, sueñan con ser héroes dentro de cien años cuando estalle la última guerra. Ella se quita el casco y me grita que me quiere. Sin bajar la velocidad se trepa a su asiento y surfea la nave con su pequeño pie izquierdo encima de los controles.

(Hacemos el amor por las mañanas y también por las tardes, cuando el desierto se vuelve rojo y mi padre se interna en la nada en busca de algo para comer y beber; a veces sentados en mi nave, otras directamente sobre la arena, siempre ella encima de mí; cuando mi padre regresa comemos como desesperados y bebemos litros de agua salada).

La gente del pueblo nos mira pasar. Son muy distintos a nosotros pero iguales entre sí. Tanto hombres como mujeres llevan el pelo largo y atado con bolsas de nylon. Ninguno supera el metro veinte de altura. Mi padre se vuelve y dice que no los miremos a los ojos porque se pueden tentar. Tentar con qué, grito, pero mi padre no responde. Ella me mira seria y dice que no alce la voz. Al final del pueblo se ve el desierto interminable y las luces de las galaxias que cambian de posición cada mañana. El paso por el pueblo ha cicatrizado nuestras heridas y nuestra piel se ha vuelto más joven. Al rato el pueblo desaparece, sólo queda el desierto y el sonido agudo de nuestras naves.

Matías Amoedo (Buenos Aires, 1975).

Escritor argentino, en 2014 publicó su primera novela, Efecto Tequila, por editorial Momofuku Libros.

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